

El homenaje que nuestro artista rinde a aquellos precursores no es arte 'Kitsch' ni imitación matérica de polvos de mármol, al uso del filón de tanto arte informal.
Como J. Dufufflet o Tapies, J.A. del Castillo se aparta de mimesis gestuales, creando un lenguaje sincero y nítido, usando soportes de su época, mostrando una suerte de narración nostálgica sin la formalidad de un retablo, pero con el tributo signico como base y huyendo del "Trompeel'oeil", resultando así más conmovedor.
El pintor nos traslada a los antros del destino efímero, a los arcanos pigmentados. En definitiva, al útero de nuestro tiempo.
Podemos escuchar los vientos glaciares, velando el rito, agazapados bajo el tinte violeta y sobre la pira. Podemos ver el abatido corzo en ofrenda sagrada, sazonado de helechos.
Juan A. del Castillo cree, quizás con razón, que aquellos mortales de Cuevas de Morín, Santillana, Lascaux, El Castillo, escrutaban la roca estéril buscando, sin saberlo, su propio espejo, su confusa identidad bajo la llama empírea.
Esta propuesta es un sueño largamente acariciado por el autor. Un obelisco policromado sobre lienzo o papel, abierto a las visitas durante 15.000 años.









